Ciento Ochenta Lunas
Hace miles de millones de lunas en un lugar escondido y recóndito de éste, nuestro complejo Universo...
El quiquiriquí del gallo al alba sobresaltó a Roy; apenas había conciliado el sueño en toda la noche. Todavía sentado en la cama, el muchacho sé desperezó y salió del camastro de un salto. Al mirarse en el espejo observó su cara con tremendas ojeras, su pelo rubio despeinado y su aspecto humilde le hizo recordar el día en que se encontraba. Ese era el día de su aniversario, cumplía ciento ochenta lunas.
Una vez se hubo aseado volvió de nuevo al espejo; esta vez se veía diferente, percibió su figura de porte afable y sencillo, pero a la vez desafiante, había llegado el día tan ansiado. Cargó al hombro el pequeño macuto, donde llevaba sus enseres personales, un cambio de ropa y algunos útiles que quizá necesitase en su largo viaje.
Confiando en sí mismo, decidió abandonar la casa donde había nacido y pasado todo su vida hasta este día tan especial.
Se fue alejando con paso firme y decidido; no sabía cuando volvería a ver a su familia, pero de algo si estaba seguro, volvería triunfante del viaje que comenzaba en ese mismo instante.
Roy vivía con sus padres y sus cuatro hermanas Meg, Yum, Elthia y Sophi. Él era el mayor y único hijo varón del matrimonio.
En el país de Roy, Pretonia, se mantenía arraigada una tradición desde muchas generaciones atrás. Los habitantes centenarios del lugar portaban las costumbres a los más jóvenes, para que de este modo, el acervo se conservase intacto a través de los siglos. La leyenda ancestral decía: “Las mujeres nacen con una virtud, la fertilidad; en ella se encuentra el milagro de la vida, que agrupa todos los valores de los cuatro elementos que la Madre Tierra nos concede a los humanos por el mero hecho de haber nacido. El agua que es la vida; el fuego que nos calienta; el aire que respiramos y la tierra que nos alimenta.
Los muchachos del país nacidos el día 26 de enero con luna nueva; al llegar a la edad de Filos, ciento ochenta lunas, deben salir en busca del valor contenido en los elementos. Sólo en sus manos estaba encontrarlos en un tiempo límite de cuatro estaciones y una luna más.
En esta ocasión solamente nació un niño, Roy. Él debería ser el guía espiritual de su aldea en un futuro no demasiado lejano. Del desenlace de este viaje, dependía el destino de su pueblo y el bienestar de sus gentes.
Ya llevaba bastantes días caminando, Roy comenzaba a notar el cansancio en sus piernas y además hacía bastante frío. Su estómago rugía sin cesar clamando a gritos una sopa caliente. Decidió hacer un alto en el camino para buscar algo de comida y reponer fuerzas. A lo lejos divisó una cabaña que parecía estar abandonada, a juzgar por su estado de deterioro exterior; Dirigiéndose hacia ella pensó en quedarse allí algún tiempo.
Al abrir la puerta las bisagras chirriantes delataron su llegada. Roy se sorprendió al observar el interior de la choza; su perfecto estado de limpieza y orden anunciaba al visitante que seguramente estaba habitada, pero curiosamente nadie salió a recibirle. La mesa y sillas eran de madera de fresno, todas talladas con una figura de ave en el centro y dos iniciales entrelazadas sujetadas por las fuertes garras de la rapaz, parecían la A y la L, ambas mayúsculas. De pronto Roy pensó en su estómago, sintió un hambre feroz al percibir con su olfato un olor delicioso a guiso casero. Sin dudarlo un momento sè encaminó hacia el horno, descubrió que estaba encendido y en su interior había una fuente de barro rebosante de un guiso de carne blanca; el muchacho pensó que se trataba de lechón pequeño y no pudo resistir el impulso de meter su dedo índice en la salsa. Al llevarlo a la boca...
-Humm... ¡Que bueno¡ Parece jugo de grosella- pensó.
De pronto Roy se sobresaltó, sintió que algo se movía a sus espaldas; volviéndose rápido lo único que descubrió fue la preciosa mesa que había visto ya, pero esta vez encima de ella observó dos cubiertos y dos platos de madera tallados de igual forma que las sillas. También le llamó la atención un apetitoso pan humeante que alguien había puesto allí sigilosamente, junto a una jarra llena de un líquido rojizo parecido al jugo de tomate, pero de textura algo más espesa. Roy cayó en la cuenta de que allí pasaba algo raro.
-¿Hay alguien? ¿Quién es? ¡Mejor me marcharé!
Al tiempo de pensar ésto sé dirigió a la puerta dispuesto a salir de allí, pero el pomo de la puerta parecía haberse atascado, la puerta no cedía a la presión ejercida por la mano del muchacho. Oyó a su espalda un leve crujido del suelo, giró en redondo y volvió a preguntar con voz acongojada:
-¿Porqué no puedo salir? ¿Quién anda ahí? Solo pretendo descansar un poco y comer algo -vociferó el muchacho un poco asustado por si alguien le escuchaba. Dicho ésto, la retina de Roy comenzó a percibir como surgía tímidamente de la penumbra una figura de enorme tamaño o más aún de una gordura exagerada; no parecía un hombre sino más bien un enorme ave con bastantes semejanzas al ser humano. Su nariz grande y curvada, sus orejas blancas y chiquitinas acabadas en un punto de carnosidad de color rojo intenso; su piel en la cara y manos se cubría con una plumilla finísima pero en el resto del cuerpo las plumas eran enormes, escasas y pesadas. Los ojos chiquitines un poco rasgados detonaban dulzura; su postura erguida y amistosa en ningún momento asustó a Roy, pero si quedó estupefacto al visualizar aquella criatura mitad ave mitad humana.
-¿Quién eres? -preguntó Roy no dando crédito a lo que veían sus ojos.
-Me llamo Milhton ¿ Y tú? -le preguntó aquel ser que además hablaba. Hubo un pequeño silencio entre los desconocidos, mientras montones de pensamientos y preguntas se agolpaban en la cabeza del muchacho.
-Me llamo Roy, Roy Flitman -dijo al fin el chico.
-¿Qué te trae a este lugar tan apartado y escondido del mundo? -inquirió aquel extraño ser al viajero.
-Es una larga historia ¿Dónde estoy? -preguntó el muchacho.
-El país se llama Luanka. Esta cabaña se halla en el límite del territorio, al este del país -responde Milhton-. Roy ¿Tienes hambre? ¿Serias tan amable de acompañarme a la mesa?
-¡Muchísima!¡Tengo un hambre voraz! -contestó el muchacho agradeciendo el ofrecimiento de aquella mutación humana-. Me complacería mucho compartir el guiso contigo; esa carne huele muy bien.
-¡Estupendo! Vamos a dar buena cuenta del guiso,amigo; sentémonos y comamos el pote de yarta. Mientras hablaremos.
Roy asintió encantado. Las sillas eran enormes y pesadas, pero muy cómodas; los platos parecían enormes hojas de álamo blanco por su forma; los cubiertos de madera, al igual que toda la vajilla, estaban tallados con delicadeza con una figura que se asemejaba a un águila de grandes dimensiones.
Roy comenzó a relatar los motivos de su viaje, mientras llenaba su hambriento estómago de aquel estofado tan exquisito.
-¿Qué tipo de carne es ésta que comemos? -preguntó el muchacho, devorando gran cantidad de la sabrosa comida .
-Es carne de yarta. Son criaturas que habitan en libertad. Viven hacinadas porque se reproducen con mucha rapidez; son animales curiosos, tienen las orejas enormes y ven muy poco; las hembras son de color blanco luminoso y los machos son de un tono pardusco, casi negros. Su hogar son las cuevas naturales que hay en la montaña roja del bosque. En el interior de sus paredes hace bastante calor, por lo cuál, las treinta y tres crías que nacen de cada camada, sobreviven todas ellas. Su tiempo de reproducción dura solamente una luna, es por ésto que para ellos es un alivio servir de comida a otras especies, así de este modo, el ciclo de su especie perdura a través de muchas lunas en equilibrio.
-¡Está exquisita! ¡Cocinas fenomenal! Yo pensé que era carne de ave -dijo Roy, chupándose los dedos.
-No, no querido amigo; yo soy un ave y no como a mis semejantes -dijo Milhton con voz firme-. Cuando necesito provisiones voy al bosque en la noche; si capturo mas de una yarta, desalo la carne y la pongo a secar en el sótano. De este modo siempre tengo comida en la despensa y un remanente alimenticio.
-¿De qué se alimentan?
-De bayas, raíces, helechos y frutas silvestres. El bosque es muy frondoso y húmedo; allí hay un termo-clima que ayuda a las plantas a proliferar rápidamente.
-¿Dónde está ese bosque? Me gustaría conocerlo -dijo Roy con curiosidad.
Milhton se levantó de la mesa y dirigiéndose a la ventana señaló un punto en la lejanía.
-Mira muchacho, detrás de aquella montaña que parece una herradura se esconde el bosque. Es un lugar mágico, lleno de criaturas maravillosas y a la vez entrañables; tengo muchos amigos allí.
-Me gustaría quedarme algún tiempo por aquí, quisiera conocer el país; sus campos, sus gentes, sus costumbres; me gustaría ver como viven sus habitantes -propuso Roy.
-¡Estupendo! -exclamó Milhton-. ¡Te quedarás conmigo! Aquí en mi casa, es pequeña pero nos apañaremos. Yo necesito alguien que arregle el sobrón por afuera y tú necesitas un lugar donde vivir durante el tiempo que te quedes en el país; además ambos ganaremos un amigo, estoy seguro que lo pasaremos bien.
-¿Qué es el sobrón? -preguntó Roy con el entrecejo fruncido.
-No te preocupes amigo, es la cabaña. Por aquí se llama así al lugar donde se vive -dijo Milhton soltando una gran carcajada, viendo la cara de preocupación del muchacho.
-Sólo me quedaré en tú casa, si me aseguras que me contaras la historia de tú vida y por qué eres así -propuso el invitado.
-¿Cómo así? -preguntó Milhton sorprendido.
-Pues así -dijo el chico balbuceando-. Mitad ave, mitad hombre.
-De acuerdo ¡Te lo contaré! Pero ahora ya es tarde vayamos a descansar, mañana temprano seguiremos hablando y planificaremos tú estancia en el país.
Milhton ofreció al muchacho un camastro de madera con colchón de plumas. Roy agradeció poder dormir en una cama y también la amabilidad desinteresada del hombre. Apenas se acostó en el catre, cayó rendido tras pensar la suerte que había tenido al encontrar un amigo en aquel lugar tan apartado de su hogar. El día había sido largo e intenso; estaba muy cansado y fueron muchas las emociones.
Apenas amaneció, Roy despertó; y de un salto salió del camastro y buscó a Milhton. No le encontró y ésto le angustió; observó el fogón que estaba encendido y la mesa preparada para desayunar; había frutas silvestres, bayas del bosque, mermelada de arándanos, también un plato ovalado de madera que contenía algo parecido a revuelto de huevo, pero bastante mas blanquecino. En la mesa estaban dispuestos platos y cubiertos para dos comensales, aunque allí hubiese comida por lo menos para seis personas hambrientas.
De pronto, el roce de la puerta contra el suelo sacó al muchacho de sus pensamientos, centrados en aquellos manjares matutinos.
-¡Milhton! ¡Qué susto me has dado! Pensé que te había sucedido algo al no encontrarte en la cabaña -comentó Roy.
-¡Buenos días Roy! Hay pocas cosas que puedan con un viejo de mil ochocientas lunas -dijo el hombre-ave, que portaba en sus manos una jarra llena de un líquido humeante de color amarillento.
-¿Mil ochocientas lunas? -preguntó estupefacto el chico, al escuchar la edad de su amigo-. Es broma ¿Verdad?
-Si y no -contestó Milhton a las dos preguntas-. Normalmente los Avening vivimos una media de veinte mil lunas, somos seres descendientes de la Mitología Antigua. Vamos a desayunar fuerte, tengo planes para hoy.
Empieza bien, pon pronto la próxima entrega, por favor.
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